Alexander Androv
Prosa

Solo por un tiempo

Alexander Androv

Primera publicación: 24.08.2013 · Foto: wirestock / Freepik

Traducido del búlgaro · Само за известно време

Esto debe de ser una especie de impresión. Los géneros se me cojean un poco.

Varias cometas grandes se habían alzado en el cielo nocturno. El cielo nocturno estaba vivamente iluminado por la luna redonda y vivamente luminosa, que entra en este relato porque tenía la convicción de poder ser su heroína, y no porque brillara tan redonda y con un esplendor tan oriental.

Las cometas se habían lanzado hacia las copas de los pinos y planeaban en desorden. Cómo lograban lanzarse y planear a la vez seguía siendo un enigma nocturno. Sus colores se perdían en la luz de la luna. Su forma era aceptable.

Al son del chasquido de sus colas, el camino de carros serpenteaba alrededor de media unidad de medida a elegir y luego terminaba ante el letrero «Zona de captación de aguas. Prohibido el paso». Las zonas de captación no eran hospitalarias. A las cometas les traía bastante sin cuidado. Tomaban impulso hacia la parte prohibida del cielo sobre la Zona de captación y se divertían infringiendo los letreros. Alguien había soltado las cometas hacía ya 22 años, al describirlas en un relato absurdo. Más tarde el autor murió y las cometas se liberaron del texto, se asentaron al pie de la montaña y se consagraron al planeo nocturno con brío. Sobre todo por los alas delta. Algunas también por los parapentes, aunque de los parapentes corría el rumor de que no eran muy constantes en la vida…

Tras la muerte del autor del texto original, la luna hizo voto de no caer en luna nueva hasta haber casado a la última de las cometas huérfanas. Solas, sin su autor, parecían algo fuera de lugar sobre el camino polvoriento. Se comportaban como niños extraviados que han ido a parar al cumpleaños de otro. Era una apariencia más. Y las apariencias se las tomaban muy en serio. Tras enterarse de su voto con enorme asombro, las cometas trataron de explicarle que no eran hijas del autor. Que no se sentían huérfanas y no tenían concepciones tradicionales sobre las reglas del vuelo. Que planear a medianoche era una buena manera de pasar el tiempo, aunque de carácter no lo bastante patriarcal. La luna intentó comprender y cedió un poco, y empezó a insistir solo en que se conservaran algunas normas de higiene y en el anuncio público de los compromisos.

Más adelante en el tiempo, la Zona de captación inundó el camino polvoriento, sumergió los troncos de las hayas y los pinos de alrededor y, con un chapoteo levemente vanidoso, aceptó reflejar las sombras de las cometas, que cambiaban a menudo. Por la misma época, la luna, sacada ya de su zona de confort, empezó a sospechar que eso sería lo más útil que podría hacer por las cometas. Proporcionarles sombras cambiantes mientras ellas se divertían planeando unas veces con vacilación y otras con ímpetu.