Ya sabes cómo vuela el tiempo, ¿verdad?
Alexander Androv
Traducido del búlgaro · Знаеш как лети времето, нали?
Ya lo presiento.
Lo adivino. Hasta sé que sueñas con otro.
Y se me ocurre que el pasado no importa tanto.
No para los sueños.
Y aunque importara, vieja amiga,
¿por qué avergonzarte?
Alguien te lo leerá en los posos del café
o en sueños. Soñando.
Ahora sonreiré y pasearé bajo la luz
que cae de los árboles de hojas amarillas y rojas
sobre la hierba parda, amiga. Enemiga.
Da igual. No hay razón. No hay.
A veces pasa así.
Esto lo aprendí de la gente a la que he herido.
Decían:
«Así pasa a veces… No t’enfado contigo…»
Y yo haré lo mismo.
Y no me enfado contigo. Tampoco te olvido,
pero camino con una soledad fresca
que se cuela bajo el cuello.
Ni siquiera duele.
Y en realidad no recuerdo.
No es que olvide. Es que no retengo.
Me entiendes, ¿verdad?
(Es solo una expresión, no le prestes mucho, mucho oído.)
Ni siquiera llegamos a conocernos.
Y no había por qué.
Cuesta mirar dentro de las almas
a fondo. Mucho rato.
Hasta es indecente, ¿eh?
Mejor, con miradas distraídas por la ventana,
chapotear olitas sobre la superficie de la acera.
Y soplarnos en el hueco de las manos para ocultar el buen humor.
Fue una lluvia poco honda, agradable Enemiga…
(Ahora recuerdo que hace tiempo que no sueño.)
…hasta nuestras miradas sobre los transeúntes
son poco hondas, vieja benefactora.
Agrio está este café que no me acabaré.
Y sonrisas amargas
retorceré en una mueca
cada vez más rara y más breve.
Tú sabes cómo vuela el tiempo.
A veces pasa así…
Bla, din-din, bla.
Bla-bla…
Olitas en la acera…
Ya me voy…
Voy a aprenderme la lección.
Aquella, la kármica:
que uno está solo.
No es que esté solitario…
Sí… Y hasta pronto… Sí…
Seguimos en contacto.
Claro…
Ya fuera, balanceándome por la acera,
recordé que lo presentía.
Que hasta sabía que ya soñabas con otro.
Pero ya te había olvidado a ti
y a mí mismo. Y a los dos —
a mí, que ya sé,
y a ti, que ya sueñas.
Chapoteaba con las suelas en las olitas poco hondas
que dejaron nuestras manos
y sonreía a los otros desconocidos de la calle…
…y una soledad plena y tibia
se derramaba por mi sonrisa
como un coñac añejo,
mientras me volvía para decir adiós con la mano.