Alexander Androv
Relato

La ocasión propicia

Alexander Androv

Primera publicación: 17.05.2009 · Foto: kotkoa / Freepik

Traducido del búlgaro · Удобен случай

Desde la colina en la que se asentaba Lengodoro se veían los campos con su leve tono dorado y las manchas oscuras de la tierra reseca. Hierbas amarillas, alternándose con las sombras de las ramas de los olivos, retorcidas como manos paralizadas, llegaban hasta las laderas de las altas montañas. Y las altas montañas, como es debido, llegaban hasta el cielo. Y así daban al cuadro su plenitud.

En Lengodoro vivía también, desde hacía más de sesenta años, Giotto di Umbria. Había nacido aquí y había vivido toda su vida, feliz, en su pueblo natal. Giotto di Umbria tenía una cama maravillosa. Herencia de su abuelo. Lo único que le había quedado de su familia tras el gran incendio que, hacía más de cuarenta años, había ardido en su pequeña casa de campo. La cama se había salvado de las llamas solo porque era de hierro. El único mueble de hierro de su casa. Y era muy hermosa. Las circunstancias y la naturaleza habían elegido dejarle a Giotto di Umbria un hermoso recuerdo de hierro.

Giotto se levantó de su recuerdo familiar. Se lavó con cuidado y bajó por los estrechos escalones que llevaban al zaguán de la casa donde estaba su habitación. La señora Aurelia le había dejado un pequeño hatillo con comida para el día. A su lado se lucía el cuerpo panzudo de la garrafa de vidrio en la que llevaba agua desde hacía años.

Hoy empezaba la recogida de las aceitunas. Llevaba esperando este día casi un año. Giotto di Umbria esperaba este día todos los años. Conocía tan bien sus aceitunas, que cuidaba desde hacía tanto, que no necesitaba ninguna señal externa para saber exactamente qué día del año debía empezar la cosecha. Sus vecinos, que también cultivaban sus aceitunas —espléndidos árboles sicilianos—, al principio le preguntaban si había fijado ya el día en que comenzaría la recogida. Pero él les respondía que aún no lo sabía. Y era verdad. Cada año, la víspera de que llegara el día, lo comprendía de un modo inexplicable incluso para él, como si los árboles le enviaran una señal muda pero clara. Y sus aceitunas siempre eran excelentes. Por eso sus vecinos habían renunciado a la vieja tradición de empezar la cosecha en un día fijo y, en lugar de eso, se habían puesto a esperar con paciencia la mañana en que Giotto di Umbria partía con su mula y sus grandes cestos hacia su olivar. Entonces comprendían que el día había llegado, se preparaban y salían tras él hacia sus propios árboles.

También este año todo se repitió, como corresponde a todo ritual. Después de coger su comida y sacar a la mula, antes de haberse alejado mucho, oyó a su espalda las voces alegres de sus vecinos, que también se preparaban. Sonrió sin aflojar el paso.

El sol ya pasaba del mediodía. Giotto di Umbria se resguardó en la escasa sombra de un árbol grande y se dispuso a almorzar. Se quedó mirando las figuras que se acercaban. A los pocos minutos, los dos hombres mayores lo saludaron y se plantaron ante él, tapando el sol con sus cuerpos, cosa que Giotto les agradeció. El mayor de los dos le sonrió:

—Tú eres Giotto di Umbria, ¿verdad? ¡Buenos días! —saludó el desconocido. Y luego prosiguió sin esperar respuesta—: No queremos entretenerte mucho, así que te saludaré, te diré lo que tengo que decirte y después seguiremos nuestro camino. Somos enviados de la Lotería Secreta. ¡Nuestras felicitaciones! Cada año se extraen de nuestras listas los nombres de unos pocos ganadores. Y nuestras listas están muy llenas… —el hombre inclinó levemente la cabeza, como en señal de respeto—. Muy llenas… —repitió pensativo—. Pues bien, esas personas se convierten en nuestros ganadores del año. Unos ganan grandes sumas; otros, hermosos objetos de oro y piedras preciosas; otros más, casas nuevas. Son solo ejemplos. Algunos ganan flores o trozos de madera podrida; otros, campos y barcos. La lista es bastante variada y a mí me resulta curioso leerla. Siempre encuentra con qué sorprenderme. Una vez encontré en ella, como premio, nieve. Pero no me desviaré. La lista del año aparece cada año sobre un pergamino de varios cientos de metros de largo, un día antes del sorteo de los nombres. Junto con la lista aparecen también los premios. El pergamino se despliega en la gran sala de la Lotería como salido de la nada. Y los premios llenan todas las habitaciones. Los nombres de los barcos, casas, fincas y demás cosas ganadas que no caben en el edificio están junto a la lista, en un pergamino aparte. Se indica su ubicación exacta. Ni nosotros mismos sabemos cómo ocurre esto, ni logramos entenderlo. No es que no lo intentemos… A veces los premios de la lista son más caros, y a veces más modestos. Cuando ya se conocen los nombres y los premios, cotejamos las listas con el pergamino. Por vieja tradición, el primer nombre de la lista corresponde al primer premio anotado en el pergamino, y así sucesivamente hasta el final. Sacamos tantos nombres como premios contiene la lista. Nosotros, los enviados de la Lotería, nos ponemos en camino para llevar los premios a los ganadores. Y aquí nos tienes. Este año salió tu nombre. Al cotejar su lugar con el orden de los premios en el pergamino, resultó que ganas un viaje a un lugar que tú mismo elijas. El premio tomó la forma de un saco de dinero. Y estoy seguro de que, si el dinero no alcanza para satisfacer tu deseo, de algún modo misterioso el saco volverá a llenarse, hasta que haya en él dinero bastante para que llegues al punto que elijas, te quedes cuanto quieras y regreses de allí. Y si el viaje que elijas no es caro ni muy lejano, el dinero que ahora hay en el saco menguará. Puedes pensar adónde quieres ir; cuando estés listo, lo sabremos y volveremos. Las condiciones son que el viaje termina donde empezó y que no se permiten recuerdos.

Giotto di Umbria se quedó mirando el burro de los dos forasteros y el saco panzudo echado sobre su albarda. Nunca había oído hablar de la Lotería Secreta. Ni se había imaginado jamás que ganaría nada en una lotería. No participaba en ningún juego de azar. Cultivaba aceitunas. Les dio las gracias, sorprendido, y los dos hombres, que por lo visto estaban acostumbrados precisamente a esa clase de agradecimientos atónitos, asintieron sonrientes y se alejaron.

—¿Cómo les aviso cuando me decida? —les gritó Giotto di Umbria.

—Vendremos al día siguiente de que decidas adónde quieres ir. No hace falta que nos avises. Sabremos que tenemos que venir.

«Demasiados prodigios», sonrió para sus adentros Giotto di Umbria. Pero se lo había creído. Los siguió con la mirada hasta que desaparecieron tras las colinas, generosamente iluminadas por el sol de Sicilia.

Unas horas después, Giotto di Umbria ya había descargado los cestos llenos de aceitunas en el pequeño almacén del campo, había guardado la mula y charlaba con la señora Aurelia a la sombra del salón de la gran casa de piedra. Cenaron de buen humor y, un poco más tarde, tras darle las buenas noches a su casera, Giotto se retiró a su habitación. Volvió a recordar a los dos hombres y la explicación del premio que había ganado. ¿Le habría gastado alguien una broma tonta? No lo creía. Sus vecinos lo querían y lo respetaban, y él no era pendenciero de carácter. Al contrario. Era un hombre afable y callado, de sonrisa ancha. Además, era una especie de celebridad en toda la comarca. Giotto di Umbria fijaba sin equivocarse el día en que empezaba la recogida de las aceitunas. Todos lo respetaban igual que respetaban el monumento al papa León III frente a la iglesia de Lengodoro.

Por supuesto, para comprobar si había sido una broma o un premio misterioso, a Giotto di Umbria le bastaba con elegir el lugar al que quería viajar y esperar hasta la mañana siguiente. Era sencillo. Lo sabría en el momento en que viera a los dos desconocidos. O en que no los viera. El único problema para él seguía siendo que a Giotto di Umbria no le apetecía viajar. En absoluto y a ninguna parte. Y menos que nunca ahora. Lo esperaban sus árboles. Iba a dedicar toda una semana a la recogida de aceitunas. Por eso decidió darse más tiempo para pensarlo y, una vez terminada la cosecha, decidir adónde le apetecía ir. «Parece…», pensaba Giotto, «…que este viaje será el primero y el último de mi vida. Difícilmente me animaré algún día a ir a otro sitio. Si hasta ahora no lo he hecho… Así que ha llegado el momento de animarme. ¿Cómo no se me habrá ocurrido antes? ¿Es posible que nunca haya pensado en el mundo? ¿En ver algo de él?»

La semana pasó. Todas las aceitunas estaban ya recogidas y todo Lengodoro estaba feliz. Se preparaban para la gran fiesta de la luz en honor de san Genaro. Los niños ya habían colocado las velas a lo largo de las líneas de las hermosas figuras que el padre Antonio había dibujado en la plaza frente a la iglesia. Por la tarde, cuando el sol se pusiera, los niños —y también algunos niños del pueblo crecidos hacía mucho— correrían a encender las velas que trazaban las hermosas formas llameantes nacidas de la fantasía del padre Antonio. Los demás vecinos se reunían al final de una calle que subía desde la plaza, para disfrutar del espectáculo desde lo alto. Algunos años, cuando soplaban del mar vientos fuertes, todos ayudaban a encender las velas. Después empezaban las reuniones en las placitas delante de las casas, en los distintos barrios del pueblo. La gente alborotaba y festejaba hasta muy entrada la noche… Los turistas eran los únicos que creían que la fiesta de la luz se organizaba para ellos. Pero este año a Giotto di Umbria no le llegó el ánimo festivo. En su mente había anidado el pensamiento del premio. Había llegado el momento de decidir. Y seguía sin apetecerle ir a ninguna parte. ¿Adónde podría ir, a fin de cuentas? ¿A Roma? ¿O a Australia? ¿A Alaska? ¿Por qué otra vez Alaska? ¿Qué Alaska ni qué nada? ¿Qué iba a hacer él allí? Pero no era eso lo único que lo inquietaba. Mientras recogía sus aceitunas, Giotto di Umbria había tenido tiempo de pensar. Y cuanto más pensaba en distintos lugares de la tierra (sí, eso es. De toda la tierra. Los dos hombres no le habían hablado de límite alguno. Giotto podía elegir cualquier lugar que quisiera.), más complicada le parecía la tarea de decidirse. No porque no se le ocurrieran los lugares más diversos. Sino porque, hacia la mitad de la semana, Giotto cayó en la cuenta de que, eligiera el lugar que eligiera, ese sería el único lugar del mundo que llegaría a ver, aparte de su Lengodoro natal. Y ese pensamiento lo dejó fulminado.

Los días de otoño se acabaron. Unos cuantos días lluviosos de invierno trajeron vientos del este. Giotto di Umbria había adelgazado y pasaba la mayor parte del tiempo tumbado en su cama de hierro, en silencio. La señora Aurelia estaba muy preocupada y subía a verlo siete veces al día. Miraba la cama con lástima, se llevaba la comida intacta y volvía a sentarse junto a Giotto unos minutos más. Cruzaban alguna palabra y la señora Aurelia bajaba por la estrecha escalera a la planta baja meneando la cabeza y secándose alguna lágrima que le corría por los pómulos como una gotita de las lluvias de invierno.

Giotto di Umbria estaba muy angustiado. Y su angustia no tenía remedio a la vista. Ninguna salida. El hilo de su pensamiento lo había llevado a unos cuantos razonamientos. Y esos razonamientos habían formado un círculo perfecto y cerrado. De modo que, cuando llegaba al final del último de ellos, se encontraba ante el siguiente razonamiento lógico y comprobaba por enésima vez que había vuelto al principio. El círculo que formaban sus pensamientos no era nada del otro mundo. Primero venía el pensamiento de que tendría que elegir un destino para el viaje que había ganado. Aun si lo conseguía, enseguida surgía ante él la pregunta de si, una vez hecho, los dos hombres aparecerían a la mañana siguiente. Si no venían, todo seguiría como siempre, y en ese punto de sus razonamientos Giotto hallaba un breve sosiego. Si, en cambio, aparecían, eso significaría que todo era real y que viajaría al lugar que había elegido el día anterior. Pero ¿qué pasaría si ya hubiera cambiado de opinión sobre el viaje? ¿Si ya hubiera elegido otro lugar? No podía estar seguro de no cambiar su decisión sobre el lugar del mundo que quería ver. ¿Y para qué atormentarse con esa pregunta, si al fin y al cabo se trataba de una broma pesada? Eso, al menos, era fácil de averiguar. Bastaba con elegir el lugar al que le apeteciera viajar. Y aquí el círculo se cerraba y, al mismo tiempo, volvía a empezar. Sin quererlo, Giotto di Umbria había creado ese círculo cerrado que lo atormentaba desde hacía varios meses y convertía sus noches en un vagar sin fin. Un vagar del que no era capaz de encontrar la salida. Y no quería pedir consejo a nadie. Temía que lo tomaran por chiflado y perder la veneración casi divina de sus vecinos. Pero lo que más pena le daba era la señora Aurelia. ¿Por qué le hacía esto a ella y a sí mismo? Por eso, tras pasar unos cuantos días y noches más de tormento pensando, una mañana de finales de febrero Giotto di Umbria se levantó de la cama. Se lavó y se vistió. Se apoyó en el marco elegantemente curvado de su cama y sonrió con su sonrisa demacrada. Tambaleándose, bajó a comer algo y a sentarse un rato en el gran zaguán. La señora Aurelia lo vio cuando aún estaba en la escalera. Abrió mucho la boca y no pudo articular palabra.

—¡Buenos días, señora Aurelia! ¿Cómo está usted hoy?

—¡Señor, Dios mío, y tú, Virgen Santísima, señor Giotto! Estoy bien. ¡Más que bien! ¡Qué alegría verlo! Hace semanas que no baja. ¿Quiere que le prepare algo de comer?

—¡Se lo agradecería mucho! Comería con gusto cualquier cosa. Tengo tanta hambre.

Mientras la anciana trajinaba, Giotto di Umbria se sentó en el banco junto a la ancha mesa de madera y miró hacia la puerta.

—¿De verdad está ya mejor, señor Giotto? —preguntó la señora Aurelia, acercándose a él con dos grandes cuencos en las manos.

—De verdad, señora. Creo que empiezo a reponerme. Hasta pensé en viajar un poco, para distraerme, pero desistí. Ahora estoy de verdad mejor.

La señora Aurelia había dejado los cuencos sobre la mesa.

—¿Viajar? ¿Cómo se le ocurrió eso, señor Giotto? —Luego se quedó pensando y preguntó:

—En realidad, quizá su idea no fuera mala. ¿Por qué desistió?