Alexander Androv
Prosa

Isabela se va a vivir a la casa… 1.

Alexander Androv

Primera publicación: 16.05.2009 · Foto: frimufilms / Freepik

Traducido del búlgaro · Исабела отива да живее в къщата... 1.

Bajó las escaleras arrastrando un poco los pies bajo el peso de la gran bolsa de viaje. Abrió la puerta y se encontró en la calle Josep Bertran. Se volvió sorprendida y miró la puerta que se cerraba.

Luego pareció volver en sí. Cruzó la calle con paso resuelto y atravesó el pequeño parque que llevaba años mirando desde el balcón de su casa. En realidad, desde que tenía memoria. Al cabo de unos minutos se adentró en el ruido de la Avenida Diagonal. El sol de la mañana se le pegó a los brazos y echó a andar con más aplomo. Tenía que recorrer unos cuantos kilómetros hasta la plaza de Pío XII y luego seguir hasta la Casa de Maternidad. Desde allí no quedaba lejos la dirección que llevaba en la mano, metida en el bolsillo de la chaqueta de punto. Había calculado que le haría falta una media hora para recorrer a pie la distancia.

Al cabo de una hora más o menos se plantó ante la vieja casa. La miró por encima, soltó la bolsa de viaje delante del umbral y llamó. Sabía de aquella dirección desde hacía más de una semana, pero decidirse a venir le había llevado varios días. Nadie abrió. No se percibía ninguna señal de que alguien hubiera oído los golpes. Volvió a llamar. Luego otra vez. Nada. Levantó la mano y bajó el picaporte. Estaba cerrada con llave. Empujó un poco más fuerte. Ni siquiera logró hacerla chirriar. La maciza puerta de dos hojas, de más de 4 metros de altura, no era hospitalaria aquella mañana de marzo. Se agachó, cogió la bolsa y rodeó la casa por la derecha. A la altura de su cara se sucedía una hilera de ventanas, bien tapadas con periódicos y hojas desvaídas de papel de regalo. Aquí y allá se distinguían renos navideños, corazoncitos y flores. A ras de la acera había ventanucos que iluminaban modestamente el sótano. Isabela siguió su vuelta y, al llegar a la esquina, vio que uno de los ventanucos tenía el cristal roto. En su lugar alguien había metido a presión dos trozos de cartón, como queriendo demostrar que de la casa, aunque vieja, se cuidaba alguien.