Cordero a lo haiduco
Alexander Androv
Traducido del búlgaro · Агне по хайдушки
1.
Muchas veces, antes de dormirme, me pongo a leer algo pesado y difícil de digerir.
Me ayuda rápido tanto con la digestión como con el sueño.
También anoche había abierto un delgado tomito de Máximo el Confesor. Delgado, lo que se dice delgado, lo era. apenas un centenar de páginas, pero como este Confesor es difícil de traducir, casi incomprensible incluso, había abierto el tomito en el original. Eso no hizo más que reforzar el efecto somnífero, como si hubiera removido un poco de menta y una cascarita de limón en una jarra de Valium y me la hubiera bebido de un solo trago. ¿Me entienden? Uno de esos tragos a lo haiduco, que te chorrean por la barba y entre sorbo y sorbo se oye un gorgoteo especial. Y así no sucumbí a los desafíos intelectuales del Confesor, al que tengo en altísima estima y a quien desde hacía nueve o diez siglos no le interesaba vivamente si alguien se dormía con sus páginas o lograba ensartar algo de ellas en el hilo de sus propios razonamientos. Estaba, por desgracia, completamente inmunizado contra su estilo elevado y su expresión oscura. Le perdía el hilo ya después de la tercera frase, y como volvía a la primera, luego por la segunda hasta la tercera, y otra vez y otra... alcanzaba pronto el efecto de contar ovejas. Ya saben cómo es... Sí. Por lo demás, no había en ello nada preocupante. Eso era lo que se me había dado, o lo que había logrado tomar... De la naturaleza o del Señor, de la escuela, de los amigos, de casa... Hay libros que superan tus fuerzas. No funciona. La gente suele decir de esos libros ariscos: «Pues este no hubo manera de que me interesara...». Nada vergonzoso. Me consuelo pensando que no fueron escritos para mi cerebro. No le interesan, y punto. Así es la vida. Como dijo al parecer Einstein —corríjanme si me equivoco—: «Todos creen en mis trabajos, pero yo solo creo en Peter Deunov». Yo igual. Todos se toman dos copas de vino después de unas cuantas bebidas más fuertes, y yo leo a Máximo el Confesor y lo hago saltar la cerca como a un cabritillo. Así es la vida. Así es la vida. Así es la vi...
Me sacó del dulce sopor el timbre del teléfono fijo. Cosa rara. No lo había oído sonar en más de un mes. ¿Quién usa hoy en día el teléfono fijo a las once de la noche? Lo tomé como una falta de respeto hacia mí y hacia la caprichosa oveja que estaba leyendo. Por supuesto, descolgué rápido, más bien como gesto de determinación. Oí mi propio timbre farfullante con hebras metálicas en la voz, el que sale en los primeros diez minutos después de despertar. Le añadí también un poco de respiración entrecortada.
—¿Sí? —
—¿Dormías? ¿No te habré despertado?
—¿Quién llama?
—Mitko, que soy yo, hombre. No me reconoces.
—Es que no consigo...
—Soy Petar. Hola. Perdona que llame un poco tarde, pero quería preguntarte si tienes dos días la semana que viene para pasearte con mi tía por los Balcanes. ¿Sabes quién? La etnóloga.
La tía de Petar, la etnóloga, era una de las tías más famosas de Petar y de las etnólogas más famosas a la vez. El mundo entero de los etnólogos se dormía con su nombre en los labios. Y no como yo, con ovejas del pensamiento ortodoxo muertas en el siglo once. Había llegado, pues, el momento de responder algo, porque Petar había dejado de hablar hacía más de medio minuto. Pero no hacía preguntas tontas del tipo «Mitko, ¿me oyes? ¿Sigues ahí?»... Había comprendido que yo estaba ahí, que me había despertado, que no tenía ni idea de qué hablaba, y ahora lo saboreaba de la manera más demoníaca. Se imaginaba mi cara de sueño buscando algún sentido en su tía.
—¿Y eso cuándo? Cuando no tienes nada que preguntar, siempre puedes colar una pregunta de ese estilo.
—Pues llega el martes que viene...
—¿Y hoy qué día es? —seguí ganando tiempo. Pero nada...
—Mira, Mitak, mi tía llega dentro de tres días. Aterriza, se toma un café y sale volando hacia el monasterio de Glozhene y los pueblos de alrededor. Si te apetece salir volando con ella, vuela, y no te me hagas el dormido.
Petar era físico. Quizá incluso un buen físico. Pero eso era antes. Desde hacía unos años mi amigo era más bien químico, en cierta medida bioquímico, y a partir de cierto punto sencillamente biólogo. Se ocupaba de los problemas de la fermentación y su aplicación en la destilación de líquidos con alto contenido alcohólico... ¿No estarán pensando mal? Se ocupaba de ello de forma totalmente profesional. Nunca he pillado a Petar tomándose una o dos copitas. Nadie ha desatado jamás su espíritu científico echándose al cuerpo dos rakias pequeñas. Si conocen a alguien así, retiro mis palabras de inmediato. Pero Petar nunca le haría eso a sus rakias. ¿Devolver las rakias? ¿Petar? Él no. Se lo aseguro: un verdadero científico.
—Pues yo... por la etnología... me intereso...
—¿Lo ves? Me pareció que había una leve ironía en las inflexiones de su voz. —La situación es esta. El martes la recoges en el aeropuerto. Número de vuelo, hora de aterrizaje, terminal-shmerminal... no lo sé. Apáñatelas. En todo caso, viene de Múnich. Si el martes llega más de un vuelo de Múnich, la espera se puede alargar. Te deseo que uno aterrice a las ocho de la mañana y el otro a las 12.00 del mediodía. Así no tendrás tiempo ni de moverte del aeropuerto. ¿Adivinas con quién va a venir?
—Venga, no te pongas borde...
—No me estoy metiendo contigo en absoluto. No consigo abrir la cerveza con el auricular del teléfono, llevo ya varios minutos peleándome y me estoy poniendo nervioso.
—Ya. Prueba con un abridor...
—No hay manera. El teléfono tiene cable...
—¿No puedes ir a por el abridor?
—No, no. No consigo agarrar bien la chapa. El cable me estorba...
En ese momento empezó a entrarme un sueño infernal y a duras penas me puse a recordar unos datos sueltos sobre la tía de Petar... Eran sueltos... Muy sueltos.
—Petar, ¿cómo se llamaba exactamente tu tía?
—¿Mi tía? Ha empezado a firmar Ania Popoff. Con dos efes al final, imagínate. Le propuse que, si va a hacerse la «eslava David-off», por lo menos se rebautice «Pop off», así al final expresaría alguna postura... ¿Ya sabes cómo es, no? Solo se ríe de mí. Pero se me ocurrió que te podría resultar interesante. Va a hacer una investigación sobre las costumbres y ritos del día de San Jorge. Entre los búlgaros, entre los gitanos, y no sé a quién más encontrará por los riscos. Y tus reportajes sobre los judíos asquenazíes eran interesantísimos, así que sumé dos y dos y te llamé... Eh, Mitak, la he abierto. ¡Salud! ¿Entonces esas entrevistas tuyas eran en realidad sobre los judíos?...
—¡Salud! —Colgué el teléfono y me tapé hasta la cabeza. Ya nada podía impedir que mi rebaño brincara a sus anchas. Los judíos asquenazíes y el día de San Jorge. Siempre he creído que Petar establece la relación. Ella, su tía, es interesante... Publica estudios interesantes... Necesito permiso... Sí, sí. Quién lo firmará el lunes... Baja médica. Sí... Los judíos asquenazíes... Mmmmm... Sí. También pueden ser días libres. Martes... mmm... puede ser.
2.
El martes solo llegaba un avión de Múnich. Terminal 2. 19.15. Petar, que espere sentado. Todo estaba en orden. Salvo el retraso. Primero anunciaron un retraso de 60 minutos y todo me seguía pareciendo dentro del marco de lo normal. No es que yo le ponga marcos en el borde a lo normal. Lo normal no es un cuadro, ¿verdad? Después, cuando vi en el panel 20.40, ya sabía que las cosas se iban colocando tal como Petar las veía. Quizá su don profético se intensificaba cuando abría cervezas con el auricular del teléfono. Seguramente se desconcentra y empieza a ver sucesos del futuro... ¿Funcionará también para la lotería? Tengo que llamarlo...
A las 23.45 apareció la tía y me reconoció enseguida. Me sonrió de oreja a oreja, me abrazó y me besó en ambas mejillas. Cosas de franceses. La tía de Petar pasaba gran parte de su tiempo en París. El resto del tiempo, por lo visto, llegaba volando de Múnich para meterse en los Balcanes. ¿Y yo adónde iba? Pero después de revisar mis objetivos inmediatos y constatar que no había mucho que revisar, me había encaminado de buen humor al aeropuerto. No es que fuera un objetivo, pero se parecía a un punto de partida. Al menos así lo habían concebido, ¿no? «Llegadas» — «Salidas»
«Esto es», pensé. «Un nuevo comienzo. Algo distinto...»
—¡Mitko, hola! —no recordaba si en nuestro único encuentro, dos años antes en su casa, habíamos pasado a tutearnos, pero ella por lo visto sí lo recordaba.
—¡Hola, Ania! —respondí en la manga de su vestido, todavía en el abrazo de las costumbres francesas.
—¿Me has esperado mucho? Los planes se han liado un poco, pero aun así propongo que no nos quedemos en Sofía esta noche, ¿no?
—Bueno... —enfrié yo su entusiasmo. En el monasterio solo alojan hasta las 17.00. Llamé hoy...
—Yo también lo comprobé. No puede ser que no encontremos un hotelito en Yablánitsa. Quedémonos en Sofía lo menos posible, propongo yo. —Las palabras de Ania Popoff me sumieron en un completo arrobamiento. Pero no su sentido. Siempre he envidiado a la gente capaz de expresar una orden con simples oraciones enunciativas...
—Vale —sonreí de oreja a oreja—. ¿Yablánitsa? ¿Por qué no? —demostré mi habilidad para asentir mediante preguntas. ...
Mi Volvo ranchera azul de 26 años nos recibió imperturbable en el aparcamiento. Lo veía como a una mascota. Me encantaba cuidarlo y creía en el vínculo indisoluble entre el coche de un hombre y el hombre mismo, igual que creía que hay algo romántico en todas las aventuras que pueden ocurrirles en la carretera, en los talleres, en las gasolineras o simplemente en el aparcamiento de algún aeropuerto. Chiquilladas... Últimamente mi Volvo y yo lo habíamos pasado bastante mal. Fui a un taller especializado a cambiar el silenciador, el segundo silenciador y el tubo de escape. Cuando recogí el coche todo parecía en orden, pero tras unos días en los que oía un ruido distinto e inquietante cada vez que pisaba el acelerador, me agaché a ver cómo habían hecho el trabajo y a qué se debía aquel cambio en el ruido. ¿Para bien o...? No quedé contento con lo que vi. Y eso que fui recomendado... El silenciador nuevo estaba soldado a un tubo más estrecho que, por lo visto, debido a su menor diámetro, no podía ocuparse bien de los gases de escape. Y aunque pudiera, mi Volvo no estaba diseñado para tener un tubo estrecho en ese sitio, ¡y no lo iba a tener! Bueno. Quizá este no sea el lugar para esta historia, pero no pude callármela. Un tubo más estrecho... Chapuceros... Todavía me apetece contar más de mi Volvo, pero, de algún modo, la noche avanzaba. Y así, mi mascota-ranchera no se resistió gran cosa ni cuando la tía Ania se dejó caer en el asiento delantero junto al conductor, ni cuando coloqué en el maletero la maleta de treinta kilos, el equipo fotográfico, el bolso de viaje y los dos bultos de mano. Mi Volvo, con paciencia escandinava y buen humor, aceptó todo lo nuevo y desconocido y ronroneó satisfecho hacia la salida de la ciudad.
3.
—Mitko, ¿te has casado entretanto, hijo mío? ¿Qué fue de aquella chica tan simpática que todavía recuerdo? ¿Dónde está ahora? ¿Seguís juntos? —tampoco guardaba recuerdos del tacto de la tía Ania, y ahora entendí por qué me faltaba ese recuerdo.
—Lleva en Francia ya más de un año —respondí impertérrito, y entorné los ojos, fijos en la carretera vacía. Ponía mucho cuidado en no cerrarle el paso a ningún coche, aunque íbamos completamente solos por la autopista.
—Se viaja mucho hoy en día —concluyó la tía Ania—. Ya ni recuerdo por qué hace falta. Es algo así como lavarse los dientes por la mañana, o como planchar. No sabes por qué lo haces ni quién te lo enseñó, pero está tan entretejido en la vida que ni se te ocurre renunciar a ello.
—Yo también viajo mucho... —intercalé.
—Ya, ya, pero no estaría mal que probaras también un poquito de convivencia con alguien. Así, para ir cogiendo experiencia —añadió la tía Ania, como si durante el último año hubiera estado leyendo los pensamientos de mi madre o, como mínimo, mantuvieran desde hacía tiempo una estrecha correspondencia. Una carta por la mañana y otra por la noche, más extensa y con más detalles. Siguió un resumen de unos quince minutos sobre las principales ventajas del matrimonio, la fuerza del amor, el cambio de carácter que se produce cuando una persona vive con otra. Sabía que la tía Ania vivía sola desde hacía más de veinte años, y escuchaba con curiosidad.
—No tengo nada en contra de que pase algo así. Cuando haya con quién, también haré eso —y pisé el acelerador un poco más fuerte. Por lo visto, el tema me hacía darme prisa hacia el final de nuestro viaje nocturno. Y la tía Ania, al final, sacó impasible media manzana del bolsillo y le dio un mordisco pensativo:
—Ay, qué oscuras están estas carreteras...
Yablánitsa nos recibió sin honores innecesarios. El hotel era nuevo, reluciente, con recepción las 24 horas. Después de recoger las llaves de una recepcionista extrañamente amable para esa hora de la noche, la tía Ania y yo nos dirigimos a las habitaciones. Podrían pensar que simplemente echamos a andar con desgana por los pasillos... nada de eso. En el vestíbulo había algo cómico, y empecé a sospechar que era yo. La tía Ania remolcaba su maleta y, lanzada a toda velocidad hacia la puerta de acero inoxidable del ascensor, me hablaba por encima del hombro: «Estos hoteles me resultan muy raros. Y aun así son una base estupenda de salida y de llegada. Siempre sirven de buen campamento base, ya verás..., aunque esta vez el verdadero campamento base será el monasterio...», mientras yo trotaba detrás de ella, jadeando, con sus dos bolsos, mi petate, el equipo fotográfico y la llave de la habitación bien apretada en la comisura de los labios, gruñía en respuesta o lograba intercalar «eh», «ajá», «pues», «hum» y «mmm». Me asombró a qué resultados bisílabos podían conducir los 19 años de educación que llevaba a cuestas. Sí. Eso era todo. Desde primero de primaria hasta el comienzo de mi doctorado. No resultaba prometedor. 5 interjecciones. Si seguía a ese ritmo, no me daría tiempo a llegar a las palabras de cuatro sílabas antes de jubilarme. ¿Y meterles un poco de sentido? ¿Cuándo? No me apetecía seguir pensando en esa dirección. No resultaba prometedor... Menos mal que la llave que apretaba entre los labios me daba cierta excusa. Solo que yo sabía bien que de mí no podía esperarse más, aunque no hubiera llave.
La tía Ania entró en su habitación y cerró la puerta sin volverse ni soltar una palabra más. Diez minutos después de haberme recluido satisfecho tras mi puerta cerrada, alguien llamó con fuerza. No tenía dudas de a quién vería un instante después. Abrí a dos vasos y una botella, que entraron triunfalmente llevando tras de sí a la propia tía Ania. Su rostro expresaba una determinación inquebrantable de verter parte del contenido transparente de la botella en los vasos.
—Mitko, ¿duermes bien, hijo mío? Más vale que nos tomemos el somnífero, no vaya a ser que las camas del hotel no nos aguanten...
La tía Ania sirvió unos cien gramos en cada uno de los vasos de agua que había encontrado en su habitación. El olor me indicó que tenía delante vodka. Si me bebía ahora cien o doscientos gramos de vodka, al día siguiente no vería ningún monasterio. Dormiría hasta las 12 y me quedaría remoloneando hasta media tarde. Me sentía demasiado cansado, y además la conversación sobre bodas me había dejado el ánimo bajo cero.
—Yo voy a decir que no, gracias de todas formas.
La tía Ania dejó uno de los vasos en la mesita, alzó el otro, lo bajó vacío y, mirándome, sentenció:
—Y además llevas una vida poco sana. No está bien. Buenas noches, hijo mío. Dio media vuelta sin más explicaciones. Me quedé un rato mirando la puerta cerrada a su espalda y me volví hacia la ventana. En ese momento lo vi claro. La tía Ania no quería que yo bebiera. O que no bebiera. Ella no podía beber sola. Pero tampoco podía no beberse su vasito. ¿Cómo se las arreglará con ese problema todas las demás noches de su vida, cuando un servidor no anda cerca? Ya lo pensaría más tarde. Ya estaba claro que Petar tenía los genes de la familia en abundancia, pero acababa de comprobar que los demás tampoco se quedaban atrás.
Lo último que recuerdo de aquel día es cómo la idea de quitarme los pantalones se retiraba a la nada, vencida por la fuerza de la razón: «Me los quitaré por la mañana, antes de la ducha»... Y luego nada. Solo cuando la ventana clareó volví a esa idea y me encaminé al baño, repasando mentalmente la noche anterior y el inminente viaje al monasterio. ¿Cuáles eran en realidad los planes? Era hora de preguntar.
Bajé a la planta baja del hotel. Di una vuelta rascándome, saludé con la cabeza hacia la recepción y me dejé llevar por las olas del olor a café directo al soleado comedor, en cuya entrada ponía orgullosamente «Restaurante» y había un letrerito con 4 estrellitas. Por lo visto alguien había dejado a sus niños dibujar un cielo estrellado. A la tía Ania no se la veía por ninguna parte.
El café era, como mínimo, de cuatro estrellas. Lo sorbía con indisimulado placer, a 24 vatios y con los graves potenciados. Eso surtió efecto. Por el viento que se levantó a mi espalda supe que ella iba a irrumpir en el restaurante de las cuatro estrellas del dibujo infantil. Y ahí estaba:
—¡Buenos días, hijo mío! ¿Has dormido bien?
Termo, cámara, una cómoda mochila del tamaño necesario para una travesía de 20 días, micrófono, una libreta grande, dos libros y unas cuantas hojas sueltas: todo aquello se desplomó sobre la mesa, junto a la mesa y debajo de ella. En la silla de enfrente resplandeció la sonrisa de la tía Ania, que me calentó aún más que el café. Algo me decía que hoy no hablaríamos de matrimonios, cambios de carácter y demás relleno social para el tiempo libre.
—Mitko, ¿no te interesa saber adónde vamos hoy? ¿El café está recién hecho? ¿Ponía qué variedad sirven? ¿Dónde tienes las botas de montaña? ¿Has pagado las habitaciones? Y esto qué es...
Dejé de escuchar y seguí sorbiendo sin que nadie me perturbara, como bajo el rumor de una multitud parlanchina:
—Pues sí. Me interesa, al fin y al cabo. Supongo que vamos a alguno de los pueblos cercanos, bajo el monasterio. ¿A cuántos pueblos piensas ir estos días? ¿Y por qué, en realidad, tenía que venir yo contigo? Mi interés por el día de San Jorge no es del todo etnográfico, más bien es culinario... ¿Dónde están tus maletas? ¿Qué tal has dormido? ¿Te importa si pido también desayuno además del café...?
La tía Ania se había quedado petrificada, con la boca abierta, y me miraba con interés. Luego se echó a reír a carcajadas y los ojos se le llenaron de vida.
Bueno, qué agradable es estar en sintonía, ¿verdad...? Venga, come ahora. Yo voy a arreglar las cuentas y a recoger el equipaje. Vuelvo dentro de unos diez minutos.
Hice ademán de levantarme a mitad de mi enésimo sorbo, pero ella me detuvo con una sonrisa:
—Puede que necesite ayuda durante el trabajo. Por cargar maletas no te preocupes.
Empezaba a gustarme cada vez más... Por lo visto, hoy los papeles se habían repartido de otra manera...
Terminé el café, me salté con gusto el desayuno y encontré a mi compañera de viaje en la salida del hotel, lista para las hazañas.
—¿Has oído hablar del pueblo de Kosen?
—¿Es allí adonde vamos hoy?
—Si Dios quiere... En el camino nunca se sabe.
Miré el mapa. Semejante fatalismo para una distancia de 14 kilómetros me pareció exagerado. «¿Si Dios quiere...? ¿14 kilómetros?» Dejamos el Volvo en el aparcamiento del hotel. Mi mirada de despedida no se apartó de él hasta que el autobús giró hacia algún lado y ocultó a mi mascota retro de mis ojos ensombrecidos. Al bajar del destartalado autobús, los perros del pueblo nos recibieron con ladridos en la tonalidad de «bienvenidos mayor». Echamos un vistazo alrededor un instante, pero enseguida se notó la preparación de mi compañera, algo de lo que yo, el excursionista de este viaje, carecía.
—Y ahora vamos a casa de la abuela Galia. La casa debe de estar a dos minutos de aquí... La maleta la dejamos aquí. Nadie va a tocar nada.
Alcancé a asentir antes de lanzarme a darle alcance. Ya caminaba con paso decidido delante de mí. En menos de cinco minutos estábamos abriendo una pequeña verja verde cuyo chirrido sustituía con propiedad al timbre ausente. La abuela Galia, la de ustedes, ya venía volando a recibirnos:
—Venga, mujer, que os estamos esperando, esperando... ¡Ja, bienvenidos! ¡Anda, qué guapo es, mujer! ¿Así que este es tu sobrino? ¡Pues es así como, un buen mozo, grandote! ¡Que te viva muchos años con salud!
—Ah, este es Mitko. ¡Es amigo de Petar! Al gandul mío no hay quien lo saque de la ciudad.
Las dos mujeres se abrazaron y todos nos dirigimos a la casita achaparrada, saltando un poco de fango, unas cuantas gallinas y juguetes de niños. Luego reparé también en los niños: siete u ocho chicos y una niña perseguían concentrados por el barro a una oveja que balaba lastimera, ya con la lengua fuera y dispuesta a rendirse a las caricias de sus pequeños perseguidores. Olía a flores y a hierba, y a la vez a barro y a animales. Olía a pueblo. Casi había olvidado ese olor. El ligero aroma de los kozunak, los panes dulces de Pascua, completaba el cuadro de olores en medio del cual habíamos ido a parar..
El café nos esperaba en la pequeña mesa de la cocina, servido con mucho amor en tres tacitas de porcelana distintas sobre un hule grasiento de flores rojas chillonas. Me senté en la silla desvencijada y una sonrisa satisfecha se me extendió por la cara.
Dejé pasar sonriendo los veinte minutos siguientes de cháchara introductoria y continué el sorbeteo de la mañana. Luego la abuela Galia me sobresaltó. Me había terminado el café y había dejado la taza cuando ella alargó la mano y con un gesto rápido la puso boca abajo. Sonrió también ella y siguió charlando mientras volteaba la taza de la tía Ania. Las dos mujeres siguieron con su parloteo unos minutos más, tras lo cual se impuso un silencio preparatorio. Las voces de los niños en el patio no hacían sino reforzarlo. La abuela Galia alargó la mano hacia las tazas. Primero volteó la mía, la examinó unos segundos con aburrimiento profesional y volvió a taparla.
—Mitko, Mitkooo... Todos sois iguales... Bueno, venga... ¿Te lo digo, hijo, o me lo callo?... Si es que ahí está. Para qué te lo voy a callar. Tú, hijo, vas a hacer un hijo. Lo harás, pero no lo sabrás. Y no lo verás. Estará vivo y sano, pero tú no sabrás que tienes un hijo. Ay, los hombres, así son, chicas, Ania... Pero de este chico, si no lo ves en el café cómo es, no se te ocurriría pensar que él también es como todos...
—La tía Ania miraba por el ventanuco y chasqueaba la lengua. Luego suspiró y se dio la vuelta. La abuela Galia se había callado y las dos mujeres me miraban. Parpadeé varias veces e intenté sonreír. Caí en que no había de qué y no lo hice. Luego me levanté en silencio, me subí los pantalones con un gesto de remeterme la camisa y me escabullí al patio. Me senté en los escalones y me puse a escuchar la siguiente lectura. A la tía Ania le tocaban viajes: iba a llevar una gran barca llena de fruta, pero la volcaría y las frutas flotarían por alguna agua soleada. Aquí las cosas estaban más brumosas. Aunque en mi taza la bruma tampoco había sido poca. Dejé de escuchar y me quedé pensando en lo que me había vaticinado la gitana. No era propio de mí. Yo no había tenido andanzas de donjuán del tipo «una noche está bien, y la mañana es hora de despedirse»... Qué raro... Lo aparté mentalmente con un gesto. Lo olvidé y sonreí. Los niños habían acorralado a la oveja en un rincón del patio y le ataban cintas de colores. En la verja de la calle aparecieron dos hombres fornidos con bandejas de horno en las manos y una mujer joven que llevaba un barreño apoyado en la cadera.
Nos saludamos a toda prisa. Pasaron junto a mí, jadeando por el peso de su carga, entraron en la casa y a los pocos instantes salieron secándose en la ropa las manos recién lavadas.
—¡Ea, hola, y bienvenidos!
Tendí la mano y fui saludando a todos uno por uno. La joven no me tendió la suya. Solo volvió a saludar en voz baja. Y así me quedé, con la mano tendida, mientras escuchaba a Tsvetelin darme las gracias:
—¡Sin tu abuelo, nosotros ahora no estaríamos aquí, que lo sepas! ¡Te estaremos agradecidos hasta los nietos y los bisnietos y hasta la tumba y más allá de la tumba, que lo sepas! Ehhh, así que por fin habéis venido, ¿eh? ¡Venga, pasa, pasa! —Y sin la menor ceremonia me apoyó por la espalda sus dos manazas y me empujó suavemente de vuelta hacia la casa. Mientras entraba con una sonrisa incómoda, caí en que otra vez me habían tomado por Petar.
—Yo no soy el sobrino de la tía Ania. Soy amigo suyo.
—Aaah, bueno, nada, nada. A ti también te agasajaremos, ¿cómo no? ¿Tú sabes cómo el abuelo de tu amigo le sacó la úlcera al abuelo Iliya aquí mismo? Directamente con el cuchillo, ahí en el prado. El cuarenta y siete. También en primavera, como ahora: eso decía mi abuelo. Estaba tumbado ahí junto a las ovejas, y el abuelo de tu amigo cortaba, sacaba sangre, volvía a cortar y cosía, y al final le dijo al abuelo Iliya: «Venga, muchacho, a dormir ahora. Toma medio kilo de rakia, por la salud y para que pases buena noche. Y que sepas que, si no te llego a cortar, en una hora o dos te habrías ido, y no habrías vuelto a probar la rakia...». Tsvetelin reía enseñando los dientes mientras lo contaba.
—Mi abuelo tendría entonces unos 27 o 28. Se casó muy tarde, así que todavía no tenía hijos. Por eso contaba que nos habríamos quedado en proyecto...
Nos habíamos sentado otra vez con las dos mujeres, y con un ojo observaba cómo el joven Iliya, por lo visto bautizado así por su abuelo, y su hermana preparaban las asaduras de cordero para el relleno.
—Los cristianos no nos dividimos. Búlgaros, gitanos, pomacos, aunque se hayan olvidado de lo que son... Todos somos lo mismo. Lástima que no tengamos turcos, que también estarían con nosotros. ¿Con quién iban a estar? ¿Con su patriarca? Anda ya. Ellos también saben que el vecino es más importante, y el amigo, lo más importante de todo. Gente la hay también entre ellos. Mientras seamos gente... Da igual lo que digan en la tele. Tú deja esas cosas. Cuando se trata del vecino y del amigo, seguimos siendo nosotros. El patriarca y los políticos están lejos. Y mejor así. Porque solo han quedado ovejas locas que se hacen las lobas y se comen unas a otras en la tele. Se comerán y se comerán, y al final se zamparán a sí mismas... ¿Quién les hace caso? Hay mucha gente loca, y siempre eligen a los locos para sacarlos por la noche en los programas. ¿Es que no podían sacar a uno normal, así, para que nos acordemos de que no somos solo locura desatada? Con esos, la gente va a olvidar lo que le enseñó Levski. Mañana vas a ver su escondite, en el monasterio. Los cristianos nos llevamos todos bien. Pero esta iglesia no puede seguir así. Y quién va a entrar ya en ese infierno de nuestro Maxim. Pues sí. No me mires así. San Jorge la quemará, con tal de que le hagamos un buen kurbán, un buen sacrificio, y oirá y entenderá.
—¿Y dónde está Maxim ahora?
—Ah, está en el monasterio. Pero te voy a decir. No es que sea malo ni nada. Es joven. Va sin juicio y no me hace caso. Solo se ríe. Y dice: «¡Para ya, abuela Galiaaa! Basta ya con esa piedra tuya. La gente no hace más que reírse de ti, no haces otra cosa». Eso me dice. Cada vez me contesta igual y no quiere oír nada. Todavía es un crío. No quiero echarle la culpa. La iglesia es la mala, no es que nuestro cura no valga nada. Y la piedra sé exactamente dónde está. Si sueño con ella una vez por semana, y más a menudo. Pero no escuchan. Y a ese obispo de Lovech, el jefe de Maxim, cuando venga, a él también se lo diré... ¡Tsvetelin, deja de estar sentado, hombre! Venga, sacad ya las bandejas...
Unos minutos después salimos en procesión hacia el patio. Delante, las bandejas. María e Iliya llevaban triunfalmente dos bandejas más pequeñas, y la más grande venía detrás en manos de Tsvetelin. La sangre aún goteaba de las bandejas sobre las losas de la escalera. Detrás de ellos nos habíamos colocado en fila india yo y las dos mujeres. No había oído hablar a la tía Ania en la última media hora. En el otro extremo del patio embarrado, los nietos de la abuela Galia colocaron las bandejas una junto a otra delante del gran horno de barro. Iliya y Tsvetelin se pusieron a encenderlo mientras los demás dábamos palique.
Mañana por la mañana, Mitko, cuando rompamos el barro, todo lo de dentro estará que se deshace —me sonreía burlón Tsvetelin mientras ayudaba a amasar un poco de barro en un barreño para sellar con él la puerta del horno de barro. Metieron las tres bandejas dentro y los hombres se pusieron a pegar barro alrededor de una piedra grande que hacía de puerta.
—¡Mientras esa piedra esté ahí, en los cimientos, su liturgia no vale nada! ¡Y no la oirá ni hombre, ni Dios, ni siquiera un perro sarnoso, na-die! Porque eso no es liturgia. La piedra la estropea en cuanto Maximito arranca con el tropario. Dirás que es más bien un símbolo o algo así, esa piedra. Anda ya, es la piedra blanca más simple. Así de grande. Y nada más. Y no me he agarrado a ella para que me hagan reverencias por lo gran adivina de sueños que soy y esas cosas. No es para eso y no puede ser. Le estropea las velas, le estropea el canto y estropea a la gente. Y la asusta. Y huyen.
—Bueno, vale. ¿Y de dónde ha salido esa piedra ahí, en los cimientos?
La tía Ania observaba, con los brazos en jarras, cómo encendían el horno de barro y no miraba ni a la abuela Galia ni a nadie. Pero escuchaba con atención.
—Pues... Fue así todo. Si está en los cimientos, pues ya te imaginas, la emparedaron ahí ya cuando la obra. Nuestra iglesia es vieja. Y tan vieja como es, tan sarnosa ha sido desde el principio. Por la piedra... Así que, pues... Empezaron la iglesia allá por mil ochocientos y pico. Nadie lo sabía bien. Pero como somos dos mil almas, por lo visto todavía nos toca cura. ¿Y los bautizos? ¿Y las bodas dentro? Ay, Señor, cuando me acuerdo... Nada es según Dios mientras esa maldita cosa esté ahí abajo. Yo a todos los míos los bauticé en el monasterio. Y las bodas también las haré allí, no te creas. Y lo que te digo... La construyeron con piedra de aquí, de la hondonada bajo el pueblo, donde está. Dos años. Abajo en la hondonada habría algo antes, por lo visto. O los paganos degollaban y hacían promesas sobre esa piedra, o mataron a alguien con ella. O un turco la usó para algo malo, o igual fue un cristiano. Para qué habré dicho eso del turco. No sé. No entiendo de esas cosas de magia. Yo eso no lo toco. Para mí, solo sueños y café. Pero sueño con la piedra en pleno día. Está toda bañada en sangre y la llevan a emparedarla. Va cargada en un carro. Un carro fuerte, grande. Madera blanca y dos bueyes blancos delante. Dos hombres la echan al montón grande. Luego le lavan la sangre seca, la colocan en el muro y el maestro de obras le echa argamasa encima, y luego sigue amontonando piedras. Lo veo en el sueño cómo va amontonando hacia arriba. Levanta, amontona, levanta... Y empiezo a ver ya las piedras sobre la tierra. Tanto lo sueño, Ania, que me sé todas las piedras por el color y por la forma, las que están bajo tierra en los cimientos y las que están encima. Y así sé exactamente dónde la puso el maestro, mal rayo lo parta. Venga, basta. ¡Venga, Tsvetelin, deja de pegar barro! ¡Cuánto remilgo! Basta ya, déjalo. Venga, vamos dentro, y vosotros los lleváis al monasterio, ya que no quiere dormir aquí, esta Ania, terca como una mula, burra y requeteburra, la condenada. Anda, Ania, ¿os quedáis? Ay, venir hasta aquí y no querer quedarse. Una noche aunque sea, mujer... Pero ya veo que lo has decidido así; tú sabrás por qué.
4.
Esa noche soñé con un campo ancho. Pelado. Hierba delante y hierba detrás. Solo a un lado había matorrales. Junto a ellos serpenteaba un sendero estrecho, y por él trotaba con prisa un erizo. Solo por un instante miró al Escritor, que escribía sentado a una mesa en su jardín, el cual me pareció un pequeño oasis en medio del campo. Los pocos árboles de sus bordes completaban la impresión. El Escritor no se volvió hacia el erizo. Ni hacia mí. El erizo se concentró de nuevo en su camino. El camino terminaba ante un lago tranquilo. También el lago, como el jardín, estaba colocado fuera de lugar en medio del campo pelado. Y en medio del campo se lucían unas excavaciones. Todo estaba hilvanado con los hilos blancos del sueño, y se le veían las costuras. Incluso dormido me sentí incómodo ante lo artificial del decorado que mi subconsciente había amontonado. Y sabía de qué libro salían parte de las imágenes. Dentro de la excavación había dispuesto toda clase de instrumentos. Pinzas, un pico, unas cuantas palas, hojas de periódico sujetas con una toalla blanca sucia, una cantimplora de agua volcada de lado. Pero no usaba ninguno. Hurgaba con los dedos del pie en una piedra de los cimientos del muro que habían desenterrado. Parecía antiguo y, como es lógico, ruinoso, lleno de recovecos, combado bajo el peso de la tierra que avanzaba desde más allá de sus límites. La tierra se empeñaba en empujarlo un poco más, en derribarlo y derramarse en el centro del lugar que el muro protegía de ella. La tierra quería volver a sepultarlo todo. Y la batalla parecía perdida. El muro ya se había rendido. Seguí hurgando la piedra una eternidad, hasta que en un momento dado cedió por un lado y se salió de su lecho. No me agaché a recogerla. Metí el pie bajo uno de sus lados y la aparté del todo. Y el muro se vino abajo. La tierra del otro lado me sepultó hasta el pecho. Recuerdo que me quedé así sentado, con la cabeza apoyada en una mano, furioso con mi propia estupidez. ¿Cómo había conseguido enterrarme yo solo en aquellas excavaciones? ¿Qué necesidad tenía de jugar con la piedra...? ¿Y las piedras del muro? ¿Cómo no me aplastaron? Bueno, así son los sueños... Todavía varios minutos después de despertar me quedaba en la boca el sabor del polvo levantado por la tierra que había inundado la excavación. Era tierra tibia, calentada por el sol. Seca y amarilla. Me desperté, además, con la idea clara de que el azul no existe. La idea me pareció muy a tono con las imágenes del sueño que aún flotaban ante mis ojos. Plenamente convencido de la veracidad de mi constatación sobre el azul, salí a rastras de la celda, que se alquilaba por poco dinero la noche a turistas soñadores de toda laya. En la planta había un baño modesto y limpio. Me lavé los dientes despacio, luego la cara, y por fin el sueño volvió a hundirse allí de donde había salido.
Bajé arrastrando los pies hacia el patio. La tía Ania estaba sentada en un taburete bajo, terminándose el café. Al verme, desenroscó el tapón del termo que había sobre la mesa y sirvió café humeante en una segunda taza.
—Ayer tuvimos un día interesante, ¿verdad, hijo mío?
—¡Buenos días!
Me senté yo también en un taburete pequeño, al lado de la tía Ania. Di un sorbo al café y me sentí mejor. El cielo azul sobre mi cabeza me desconcertó un poco... Era evidente que se burlaba de mi descubrimiento matinal...
El patio del monasterio estaba desierto. Estábamos solos, la tía Ania y yo. Aparte de nosotros, no se veía alma viviente.
—Todos están en la iglesia de la desgracia.
—¿Ah, sí? ¿Tan temprano?
—Sí. La gente ya se está reuniendo allí. Y los monjes se fueron a la iglesia hace más de una hora. Esperan al metropolita.
—¿Sabes algo de esa piedra?
—Por ella estamos aquí, también.
Me pareció que empezaba a hacérseme la luz, pero luego deseché la idea. Al fin y al cabo, aún no me había terminado el café. No había manera de que se me hiciera la luz antes de terminarlo. Así que, por el momento, decidí dejar de hacer preguntas.
La tía Ania miraba hacia la salida del monasterio.
—Venga, vamos a prepararnos nosotros también.
La iglesia estaba a menos de dos kilómetros del monasterio. De lejos parecía decente, pero cuanto más nos acercábamos, más nítidamente se veían sus viejos muros. Se notaba que tenía por lo menos doscientos años. A un lado se habían alineado unas veinte personas. Poquísimas, si se tenía en cuenta cuánta gente vivía en el pueblo. Al otro, cerca de la entrada, estaba aparcando un todoterreno. Todos se dirigieron hacia el coche detenido para recibir a algún eclesiástico. Las reverencias, besos y demás rituales de rigor los inició el sacerdote que encabezaba el grupito. A decir verdad, yo esperaba que del coche se apeara algún obispo gordo, pero para mi sorpresa por la puerta asomó un hombre bastante esbelto, de no más de sesenta años, al menos a la vista. La severa sotana negra solo estaba adornada con botones negros. La tía Ania apretó el paso a mi lado. Yo no cambié de velocidad y me quedé atrás. Era demasiado temprano para mí para otro cuadro surrealista. Después de haber soñado, haberme levantado y haberme tomado el café, prefería ver algo más real que un grupito de gente en fila india para besarle la mano a alguien, aunque fuera un alto dignatario de la Iglesia. Dentro de mí vivían un agnóstico, un ateo, un anarquista y qué sé yo cuántos más; el cristiano ortodoxo no daba señales de vida desde hacía mucho. Aflojé aún más el paso para saborear la visión. En una pequeña hondonada, junto a una iglesia centenaria, se representaba un trozo de la vida de aquella gente, y yo caminaba hacia ellos sin tener la más mínima idea de por qué. Al menos la montaña a mis espaldas era preciosa. Rejuvenecida por la primavera. Acepté que estaba de picnic y eso me dio una explicación cualquiera. Provisto de mi nueva explicación, me encaminé con algo más de aplomo hacia el escenario de los hechos.
El padre Maxim correteaba detrás del metropolita, que ya entraba en la iglesia. La pequeña columna se fue ensartando tras ellos en el templo. La tía Ania entró la última, no sin antes echarme una mirada breve, pero no me hizo señas. Se dio la vuelta y entró, dejándome tomar mis propias decisiones. Qué le vamos a hacer... Me apoyé en el todoterreno, me quedé así unos minutos, luego suspiré y entré en la iglesia. Me santigüé en el umbral de la manera más hipócrita y miré a mi alrededor en la penumbra. El metropolita ya se preparaba para la liturgia. Los olores me marearon y me apoyé en una de las paredes. Pensé que todo un metropolita yendo a verle en persona debía de ser algo inaudito para el padre Maxim y su pequeña iglesia. Y aun así solo había reunido a unas veinte personas... Luego el ambiente acabó de aturdirme y todos esos pensamientos dejaron de ocuparme. La liturgia transcurrió despacio, como un té de media tarde con pastas en casa de la suegra. Al terminar la función, el metropolita Stefan y el padre Maxim volvieron a encabezar la procesión para salir del templo. Yo, otra vez, me arrastraba el último. En el prado delante de la iglesia, la abuela Galia estaba justamente explicándole al prelado sus visiones. El padre Maxim intentaba interrumpirla y se justificaba:
—La abuela Galia ve y sabe mucho. Venga, abuela Galia, déjanos pasar, que ya tenemos que irnos al monasterio.
—Pues idos, pero quitad la piedra. No hace falta más. Y así, en día de fiesta, si se hace, justo mientras el abuelo metropolita está aquí, sería lo mejor. Llamo a Tsvetelin y a Iliá, en una hora la sacan. No os va a entretener tanto. Y para todos va a ser mejor, escúchame de una vez, padre Maxim. No es mentira. Ni tampoco cuento. Ni es locura. Es la verdad. Quitadla, para que esto vuelva a ser sagrado. Abuelo metropolita, oye, escúchame. Mira, a ti también, Su Excelencia, te pesa que aquel holgazán anduviera hurgando en las tumbas de la gente, pero entonces no lo creíste y no lo echaste de la iglesia, ¿verdad? Pues si te hubieras molestado un poco, para ver desde el principio cómo estaban las cosas, mejor te iría, y no te estaría comiendo por dentro esa pena.
El metropolita Stefan se quedó helado un momento. Primero como picado por una avispa; luego, recobrándose, la miró perplejo. Tomó a la abuela Galia por los hombros, le sonrió y subió al todoterreno.
Unos minutos después en el prado solo quedábamos yo, la tía Ania y la anciana. Cruzamos el prado a pasitos hacia el sendero que llevaba a la roca sobre la que se asentaba el monasterio.
Cuando llegamos, no cometí el error de entrar en la iglesia. Me quedé en el patio, pero como los taburetes y la mesa habían desaparecido, deambulé de pie, paseando de un lado a otro. Las dos mujeres se habían sumergido en la iglesia nada más llegar al monasterio.
Decidí que ya era hora de hacer una excursión. Fui a mi celda, cogí a toda prisa dos barritas de barquillo y una botella de agua y salí rápidamente. En el bolsillo llevaba un mapa de la zona que había estudiado la noche anterior. Me dirigí con paso firme hacia una cueva cercana. Estaba cerca, pero no tan cerca como para no ser un buen destino para una pequeña excursión. La belleza y los olores del bosque pronto ahuyentaron la penumbra y el incienso de la liturgia recién terminada. Tras cosa de una hora de camino, la encontré. En el reverso del mapa había fotos de la cueva. Era bonita. Y grande. No sabía si era profunda. Solo ponía que sus galerías medían 3025 m. Tuve la tentación de entrar, pero luego, prudentemente, saqué un barquillo del bolsillo y me puse a mordisquearlo. Sentado junto a la misma entrada, me terminé también el segundo, bebí un sorbo de agua, luego me acomodé mejor en la hierba y me quedé dormido tan tranquilo. Me desperté descansado y, a todas luces, helado. El sol ya declinaba. Las sombras se habían alargado. Emprendí el regreso sorbiéndome los mocos y maldiciendo mi somnolencia.
A unos cientos de metros del monasterio oí voces. Fui en la dirección de donde venían y al poco me encontré en un prado que por un extremo daba contra la roca del monasterio. Alrededor de una mesa amplia se habían instalado los monjes, el padre Maxim, Ania, la abuela Galia y una decena de personas más. El metropolita Stefan, por lo visto, había salido levantando polvo en su polvoriento todoterreno. Olía a cordero, a especias y a primavera. ¿Qué más se puede pedir? Saludé con una amplia sonrisa y me senté. La abuela Galia me señaló un extremo del prado:
—Allí está el agujero donde se escondía Levski antaño. Pero ahora esta mañana han bajado ahí otro cordero y lo están asando. Diles tú, Mitko, ¿así se hace? Luego hizo un gesto con la mano y se encerró de algún modo en sí misma. La conversación en la mesa era animada y nadie le prestaba especial atención. Todos me saludaron al sentarme, pero casi enseguida volvieron a la charla. Solo los monjes estaban más bien callados, como si les incomodara estar a la mesa junto con los seglares, sobre todo habiendo también gente de fuera...
Me levanté y fui en la dirección que había señalado la abuela Galia. El olor a cordero se hizo más intenso. Noté que alguien más venía detrás de mí y me volví a mirar. Dos de los hombres me alcanzaban.
—Lo pusimos esta mañana, a las cuatro. Ya tiene que estar que se deshace.
Llegamos a un agujero redondo, también tapado con una gran piedra sellada con barro por los bordes. Los hombres rasparon el barro ya cocido y abrieron la boca del hoyo. Enseguida se oyeron chasquidos de lengua compasivos. Me asomé yo también. En el fondo, a cosa de metro y medio, se veía el cordero puesto por la mañana a asar a fuego lento. Lo habían colocado sobre una vieja llanta. Dentro de la llanta aún ardían unas últimas brasas. El cordero se había quemado y parecía más bien una de las brasas a medio consumir.
—Tsk, tsk, tsk. ¿Le echamos mucha leña, o tardamos en sacarlo?...
La tía Ania también se asomó con curiosidad por encima de mi hombro.
—¿Aquí estaba el escondite de Levski?
—Aquí, aquí...
Los hombres sacaron el cordero requemado y lo llevaron aparte. Vi otra mesita, donde lo dejaron, y se pusieron a deliberar. Del hoyo salía un tufo a chamusquina y a calor. Fuimos tras ellos y les ayudamos a hacer unas cuantas raciones.
—Vamos a probarlo de todos modos, aunque se ha echado a perder, eso se ve...
Volvimos a sentarnos alrededor de la mesa, pero el ánimo ya había decaído. La gente masticaba despacio el cordero quemado y tragaba con dificultad. La abuela Galia roía impasible la ración negra de su plato y parecía no sentir ya necesidad de explicar la quemadura con la piedra maldita. Probé yo también la carne, pero estaba terriblemente dura y crujiente. Me quité el sabor con un poco de agua e intenté sacar algún tema, volviéndome hacia Ania. Ella, sin embargo, no estaba más locuaz que la abuela Galia. El ambiente se iba haciendo cada vez más pesado, así que propuse volver al monasterio. Ania Popoff aceptó en el acto. La abuela Galia también se levantó, abrazó a Ania, se despidió de ella, luego de mí, y se fue a pasitos hacia el pueblo. Nos despedimos de los demás. Ania me deseó buenas noches y dijo que se iba a preparar sus notas. La miré extrañado. ¿Notas sobre qué? A mi juicio, hoy no había pasado nada del otro mundo desde el punto de vista etnográfico.
—En absoluto. En la antropología ortodoxa las cosas suceden así —sonrió la tía Ania y desapareció de mi vista.
«La antropología ortodoxa», me repetía pensativo mientras subía a mi cuarto. Pensé que hasta entonces nunca había oído hablar de tal cosa. «La antropología ortodoxa, la antropología ortodoxa, la antropología orto...»: esa noche usé la expresión para dormirme, en lugar de los corderos-palabras del delgado tomito de Máximo el Confesor.